Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal como tiempo de gracia y penitencia que nos prepara para celebrar el misterio central de nuestra fe, que es la Pascua. Nuestra fe, centrada en la persona de Jesucristo, el Señor, de quien queremos ser discípulos y misioneros, nos lleva a revisar nuestra vida y el seguimiento de Aquel en quien creemos, Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y revelarse, para que comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión.
En la Pascua celebramos el misterio del amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor, que por nosotros murió y resucitó.
En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia, nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad. Con esta reflexión cuaresmal deseo que, durante este tiempo litúrgico, tengamos una verdadera disposición de volver a Dios.
En medio de las exigencias de la vida, lo habitual es caer en un cierto activismo. Es cierto que nuestra realidad, las exigencias propias del trabajo, cumplir con las obligaciones que se van generando en la vida, nos lleva a no tener espacio para pensar sobre nosotros: cómo estamos, revisar nuestra relación con Dios y con los otros, familiares y amigos.
Por un lado, estamos hiperrelacionados: el uso de las nuevas tecnologías, el celular y otras maneras que rápidamente se suman, nos consumen casi todo el tiempo, incluso generando adicciones de dependencia a una cultura que nos hace excesivamente extrovertidos, pero a la vez generando vacíos en nuestra espiritualidad e interioridad.
No dudo que es un tema para reflexionar y discernir, porque define cómo nos relacionamos con Dios, con los otros, mis hermanos y con nosotros mismos. Un mundo donde prima casi exclusivamente la extroversión (estar afuera), nos puede llevar a sumergirnos en un profundo individualismo. Tener información, pero correr el peligro de ser superficiales y caer en un desinterés real por los otros, dificulta la experiencia de los demás como mis hermanos y nos hace pasar a creer en Dios solo conceptualmente, sin un encuentro de fe profundo.
Nos dice la introducción: «Una dignidad infinita, que se fundamenta inalienablemente en su propio ser, le corresponde a cada persona humana, más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre… La Iglesia, a la luz de la Revelación, reafirma y confirma absolutamente esta dignidad ontológica de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios y redimida en Cristo Jesús…»
El texto de la declaración del Dicasterio para la Doctrina de la Fe señala algunos puntos para el examen de conciencia personal y comunitario: la pobreza, la guerra, los migrantes, la trata de personas, los abusos sexuales, la violencia contra las mujeres, el aborto, la maternidad subrogada, la eutanasia, el suicidio asistido, el descarte de personas con discapacidad, la teoría de género, el cambio de sexo y la violencia digital.
Esta Cuaresma nos permitirá evaluar y discernir, tanto en lo personal como en nuestras comunidades y en la misma diócesis, si nuestra tarea evangelizadora la realizamos siendo una Iglesia misionera y samaritana.
Quiero recordar un gesto penitencial de conversión que hacemos cada año en el tiempo de Cuaresma: la colecta que denominamos del 1%, como aporte del total de ingresos del mes. Esto no hace referencia tanto a un porcentaje numérico, sino a la consideración de que, con el aporte generoso que hacemos como fruto de nuestra solidaridad, ofrecemos aquello que la Iglesia practicó desde sus orígenes: la comunión de bienes.
Con nuestro aporte podemos ayudar a muchos hermanos para mejorar sus viviendas y letrinas; instalar salones comunitarios, casitas pastorales, compartir la catequesis, realizar bautismos y celebrar al Señor. Durante la Cuaresma, y especialmente el fin de semana del 14 y 15 de marzo, se pondrá en ejercicio esta comunión de bienes como práctica cuaresmal.
El buscar crecer en interioridad, sobre todo en tiempos excesivamente extrovertidos, nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene, con la certeza de que, si volvemos a Él, nos recibirá con un abrazo de Padre. Abrazados por su amor somos plenos y podemos ser testigos de la Pascua y de la esperanza.
