En tiempos en que los vaivenes económicos golpean y parecen empujar un poco más lejos los sueños, estudiar se convirtió en un verdadero acto de resistencia. El alquiler, la comida, los libros, el material de estudio y otros eventuales gastos conforman una suma que no todos pueden afrontar. Para muchas familias enviar a un hijo a la universidad implica reorganizarse y multiplicar esfuerzos. Sin embargo, pese a las dificultades, muchos jóvenes eligen no claudicar, convencidos de que el sacrificio vale la pena si al final del camino los espera un futuro más prometedor.
Ese es el caso de Timoteo Rauscher, del paraje Cerro Moreno, Aristóbulo del Valle, quien contó que decidió dejar atrás la chacra para mudarse a Oberá y comenzar a estudiar Profesorado en Matemáticas. La decisión no fue sencilla. Implicó despedirse de su familia y de las rutinas rurales, para apostar por una formación profesional.
“La vida en la chacra ya no es la mejor opción”, afirmó Timoteo. “Veo cuánto sufren mis papás para sostener la producción, cómo dependen de precios que no manejan, como la yerba, que ahora pagan lo que quieren; o del clima en el caso del tabaco. Entiendo que la mejor manera de ayudarnos es formándome”, sostuvo, en palabras que condensan la realidad de las familias que, ante la inestabilidad económica y la falta de previsibilidad, ven en la educación una salida posible.
Fue así que, con un bolso con ropas, libros, un par de cuadernillos y muchos sueños, se instalará en Oberá para iniciar una carrera superior. “Estoy entusiasmado”, confesó en una charla que mantuvo con El Territorio.
Desafío alquiler
En ese contexto, según reveló, conseguir un alquiler accesible fue uno de los mayores desafíos. “Me costó mucho encontrar algo que mi familia pueda pagar. Muchos lugares a los que fuimos nos llenaban de requisitos y en la suma final era demasiada plata de entrada, que no tenemos”, dijo, y confesó: “Me desencantaba, sí, pero al final conseguimos una pieza no lejos del instituto por $180.000 y aumentos semestrales. Sencillo pero cómodo”.
Un baño con ducha, un pequeño espacio para cocinar, la cama a un costado y una mesa mediana son las comodidades, de acuerdo a su descripción. “Para mí es más que suficiente”, aseguró Timoteo.
Pero como la vida de todo estudiante del interior, el esfuerzo no termina allí. Consciente de que cada peso cuenta, relató que en la medida de lo posible piensa traer verduras o dulces caseros para vender entre sus compañeros, más allá de lo que será para su consumo.
“La comida es uno de los gastos más altos, basta con ir al mercado para notar que todo es caro y que la plata no alcanza para nada”, apuntó.
Consideró que esa iniciativa, paralela a sus estudios, le va a permitir organizarse mejor de cara a los gastos en material de estudio y cuando quiera volver a su pueblo.
La adaptación a la vida urbana también implicará cambios profundos, de los que es consciente. Acostumbrado al ritmo de la chacra, sabe que deberá acomodarse a horarios de cursada y largas horas de estudio. “Va a ser raro estar solo, porque somos de compartir mucho en familia, pero es parte del camino. Yo no pienso rendirme a la primera dificultad”, aseguró, confiado y focalizado en su objetivo.
Gratitud
De sus padres, sólo mencionó la enorme gratitud, porque “hacen un sacrificio enorme para ayudarme en lo que pueden y se privan de muchas cosas. Igual que mis hermanos, que son chicos, pero son parte del esfuerzo”.
Ante eso, expuso que “tengo que responder con responsabilidad y compromiso”, y amplió: “Sé que habrá momentos difíciles, pero quiero ser profesional, estoy decidido a serlo para poder ayudar a mi familia y a mi comunidad”.
