Elegir qué estudiar después de la secundaria nunca fue una decisión simple. Pero en el contexto actual, la vocación ya no camina sola: va de la mano —y muchas veces en tensión— con la realidad económica de cada familia. ¿Se elige lo que apasiona o lo que se puede pagar? ¿Lo que da prestigio y “mejor salida laboral” o lo que resulta posible sostener en el tiempo? Para comprender este escenario, la licenciada en Psicopedagogía Aldana Gómez, fundadora de los centros de salud Florecer, y la licenciada en psicología Gabriela Suárez, aclararon el panorama y coincidieron en que el dinero influye —y mucho— en la decisión académica.
Expectativas económicas
“Por supuesto que pesa el factor económico”, explicó Gómez. Y lo hace desde dos miradas. Por un lado, está la expectativa que muchos jóvenes construyen en torno a ciertas profesiones tradicionalmente asociadas al éxito económico: Medicina, Ingeniería, Arquitectura o Abogacía. Según la especialista, existe la creencia de que estas carreras garantizan mayor rendimiento económico y estabilidad. Sin embargo, advierte que esa asociación no siempre se cumple: puede haber profesionales altamente formados que igualmente enfrenten dificultades para insertarse laboralmente. El riesgo, señala, es que algunos estudiantes elijan “pensando solamente en el dinero y no realmente en lo que les gusta”. Allí aparece el primer dilema: optar por una carrera considerada “rentable” aunque no coincida con los intereses personales.
Lo que se puede pagar decide
La segunda dimensión del factor económico es más concreta: ¿qué pueden sostener los padres? Hay carreras que sólo se dictan en instituciones de gestión privada o que no están disponibles en todas las ciudades. Si bien en Misiones la propuesta es amplia y variada, muchos estudiantes deben trasladarse para acceder a determinadas propuestas académicas. Eso implica alquiler, alimentos, transporte, servicios y, en algunos casos, cuotas universitarias. Y aunque exista el boleto educativo gratuito, el traslado no es solo un gasto: también supone distancia de la familia y un impacto emocional significativo. “Se juegan un montón de cuestiones socioeconómicas y emocionales cuando uno hace una elección fuera de su casa”, subraya. En muchos casos, el joven termina adaptando su elección “a lo que está a su alcance”, lo que puede dejar una sensación de condicionamiento.
La vocación en segundo plano
Desde la mirada psicológica, Gabriela Suárez es clara: elegir una carrera condicionada por la economía genera “mucha presión, ansiedad y frustración”.
No se trata únicamente del deseo de recibirse o “ser alguien en la vida”. Detrás hay un esfuerzo familiar que pesa. Si el estudiante es del interior y debe sostener otra vivienda, la carga emocional se multiplica.
“Los chicos sienten que tienen que responder bien a sus papás”, explicó. La presión no es sólo académica, sino también económica. En algunas universidades privadas, por ejemplo, estar al día con las cuotas puede ser requisito para rendir exámenes, lo que añade tensión tanto para el estudiante como para sus padres. En este escenario, el abanico de opciones suele reducirse. A veces, quien soñaba con Medicina opta por una alternativa cercana, como Enfermería, no porque no le interese, sino porque resulta más viable. Esa adaptación puede generar tristeza o sensación de renuncia.
Trabajar y estudiar
Ante las limitaciones económicas, muchos jóvenes optan por combinar estudio y trabajo. Gómez destaca que esta experiencia, aunque implica mayor cansancio físico y mental, también fortalece valores como el esfuerzo, la responsabilidad y la valoración de los logros.
“No es imposible”, asegura. Requiere organización, planificación y una evaluación realista de la carga horaria de la carrera elegida.
En ese sentido, crecen las propuestas virtuales, asincrónicas y con horarios flexibles. Carreras vinculadas al marketing digital, la programación o el diseño gráfico ganan terreno porque permiten compatibilizar formación y empleo, reduciendo costos de traslado y ampliando posibilidades de ingreso temprano al mercado laboral.
Una herramienta clave
Ambas profesionales coinciden en que una de las principales herramientas para evitar decisiones apresuradas es el proceso de orientación vocacional.
Gómez explicó que en este espacio se trabajan fortalezas, intereses, habilidades técnicas y blandas, perfil emocional, tolerancia a la frustración y contexto socioeconómico. No se trata de imponer una única opción, sino de abrir un abanico de alternativas realistas que contemplen tanto la vocación como la capacidad económica familiar.
Suárez agregó que contar con varias opciones – como existe en Misiones- reduce la angustia: permite analizar variables como si la carrera está disponible en universidad pública o privada, si se dicta en la provincia o fuera de ella, y si es sostenible a largo plazo, si las cuotas son acordes a los ingresos, etc.
La decisión final, coinciden, debería buscar un equilibrio entre deseo y realidad. Porque estudiar algo que no gusta puede volverse una carga durante años, pero embarcarse en una carrera imposible de sostener también genera estrés y frustración.
Elegir con los pies en la tierra
Hoy, más que nunca, la elección de carrera es una decisión estratégica. Implica evaluar costos directos e indirectos, proyección laboral, modalidad de cursado y posibilidades de financiamiento o trabajo paralelo.
La vocación sigue siendo un pilar fundamental, pero ya no se piensa aislada del contexto. El desafío está en encontrar una opción que combine interés personal, viabilidad económica y perspectiva de crecimiento. Porque al final, no se trata solo de qué estudiar, sino de cómo sostener ese camino hasta el título —y más allá.
