En el mundo rural, todo transcurre más lento, allí las palabras suelen ser simples y pausadas. Y con esa serenidad, cuando en diálogo con El Territorio, se le pregunta quién es, Mabel Acosta responde sin rodeos: “madre, militante y productora, en ese orden”. Así resume una vida atravesada por la tierra, el trabajo colectivo y la defensa de los pequeños productores.
Criada en un entorno campesino, su historia está marcada por la experiencia de la chacra y por momentos difíciles que moldearon su carácter. Durante su infancia vivió el exilio familiar en Paraguay y creció entre animales, huertas y trabajo diario. “Eso te enseña a resistir”, resaltó. Para ella, los productores tienen una forma particular de enfrentar la vida: sembrar, esperar y volver a intentar.
Esa lógica también define su forma de entender la militancia. Además de criar a sus hijos, siente que su rol se amplió con los años. “Soy madre de mis hijos, y también de los hijos de los productores que acuden a nosotros”, contó.
Su mirada sobre la chacra parte de una convicción profunda. Para Mabel, la tierra no es un bien más dentro de la economía. “No es una mercancía, es nuestro sustento, donde albergamos vida”. Desde esa perspectiva, sostuvo que las mujeres deben tener un papel más fuerte en la defensa y el cuidado del territorio. “Estoy convencida de que tenemos que ser dueñas de la tierra, las mujeres, porque proyectamos vida”.
En su recorrido encontró compañeros de lucha, Salvador, su pareja, también productor y dirigente agrario, ambos forman parte del Movimiento Agrario de Misiones (MAM), que, en lo colectivo, la recibió y con el que continúa organizando a productores.
Aun así, reconoció que el ámbito rural todavía arrastra desigualdades. El machismo, afirmó, sigue presente en muchos espacios de decisión. “Especialmente en el liderazgo social y político”. Incluso en reuniones del sector yerbatero todavía se siente esa incomodidad: “sé que voy a una reunión y enseguida piden disculpas por las vulgaridades que se dicen, como si por ser mujer no pudiera estar ahí”.
En su trabajo con la cooperativa Agrícola Río Paraná, perteneciente al MAM, las mujeres tienen un rol central en la conducción. Con ella cambian las prioridades. “El dinero deja de ser una herramienta mercantil y pasa a ser amor, protección y cuidado de las familias productoras”.
Su yerba emblema es Titrayju (Tierra, Trabajo y Justicia), elaboran mateocidos y la marca de yerba Tamandú, la producción que impulsan se apoya en la agroecología y en la diversificación de la chacra. Para Mabel, un yerbal no debería ser solo yerba. “En medio del yerbal también puede haber mandioca, maní, batata, alimento para las familias”, explicó. Esa mirada busca reducir el uso de herbicidas y fortalecer la producción de alimentos en el propio territorio.
En el Día de la Mujer, su mensaje apunta a fortalecer los vínculos entre mujeres y a recuperar la creatividad que siempre caracterizó al trabajo rural. “Creo que es momento de resistir y de volver a crear”, afirmó. Y agregó: “no creo que nos salvemos comprando cosas de afuera. Nos vamos a salvar cuidando nuestra tierra, nuestra producción y nuestra economía local”.
Si tuviera que resumir su forma de encarar la vida en una sola palabra, tampoco duda: “fuerza”. “Es la energía necesaria para seguir”.
